Las Crónicas del 2012
Mujeres RuralesPor Claudia Constantino
La
vida de las mujeres indígenas está marcada por la discriminación y la
exclusión, que se recrudece entre las más pobres y las que están privadas de su
libertad. Organizaciones pro derechos de
las mujeres indígenas se organizan, de sur a norte y de norte a sur, para
reivindicar los derechos de los pueblos, pero en especial los derechos de las
mujeres, y de a muy poco consiguen algunos avances; por principio: que las
escuchen.
Así,
muchas de estas mujeres indígenas, han expuesto cómo la discriminación ha
permeado sus vidas, hasta el punto de negarles las oportunidades de empleo por
vestir su ropa tradicional, así como las dificultades que enfrentan en su
proceso de educación inicial por no hablar la lengua castellana.
Castigada
con estudiar: el favor de su vida
Indígena
mazahua (proveniente de Mazáhuatl, como se denominaba el jefe de una de las
cinco tribus de la migración chichimeca al Valle de México y que algunos
estudiosos del tema afirman que significa: “gente de venado”), esta mujer relata
que, siendo niña, su familia emigró al Distrito Federal, en la capital
mexicana. Segundo Mondragón sostuvo que, a diferencia de los años en que ella
emigró, ahora la población indígena de México se mueve hacia Estados Unidos:
“con que lleguen vivos, ya es ganancia”.
Por
otra parte, Jakeline Romero Epiayú, integrante de la Fuerza de Mujeres
Indígenas de Colombia, destaca la aportación de las mujeres como creadoras,
luchadoras, artífices de las transformaciones y sus logros, aporte que ha sido
“una y mil veces invisibilizado, excluido dentro de la exclusión”.
Demanda
el análisis diferenciado de mujeres y hombres de los usos y costumbres, que
ellas puedan participar en los escenarios políticos, que se tenga en cuenta su
visión y que esto contribuya a la reducción de la marginalidad interna, ya no
en la discriminación positiva en la construcción de derechos, sino desde la
equidad basada en la diferencia.
Explica
que el tema de los derechos de las mujeres se redujo a ideas generalizadas que
dejan afuera, la realidad de mayor marginación y discriminación de éstas al
interior de los pueblos; derechos que califica de homogéneos y estandarizados,
y que, aunque reconocen el derecho consuetudinario de los pueblos indígenas, no
cubren las demandas en lo general, y menos de las mujeres, en particular.
Las
diversas “invasiones” del mundo occidental, amparadas en los discursos de
salvación, modernización, desarrollo económico, civilización e, incluso,
justicia, han dejado un saldo genocida y etnocida. La relación con el Estado-nación está marcada
por la negación de la autodeterminación y el desconocimiento sistemático de los
derechos consuetudinarios, una barbarie que ha obligado a la permanente defensa
de la vida.
La
demanda de participar en condiciones de igualdad, equidad y justicia, y de que
sus derechos no sean situados en un rango de inferioridad, son un grito agudo
en todo México.
La
investigadora, y Leticia Aparicio, representante de la Asociación Hermanos
Indígenas, considera que, a pesar de la exclusión de las mujeres en las tareas
políticas, ahora se acerca el tiempo de la paridad: “los años que anunciaron nuestros
abuelos mayas”. Aparicio ha dado a conocer que las indígenas presas padecen,
además de la discriminación e inequidad durante los procesos judiciales, una
serie de violaciones a sus derechos humanos.
Incluso
son violentadas sexualmente; las instituciones carecen de traductores y, a
pesar de ello, son enjuiciadas. Todo ello derivado de los prejuicios contra la
población indígena, herencia de los colonizadores, cuya sociedad patriarcal
hace más rigurosa la vida de ellas.
Amalia
Salas, originaria de Xochimilco —una de las 16 delegaciones que comprenden el
D.F.— ha dicho que nada tienen que celebrar los pueblos indígenas, originarios
y afrodescendientes, y acusó al gobierno de la Ciudad de México de emprender
acciones que buscan quitar la tierra para cultivos y las chinampas (antigua
técnica agrícola mesoamericana) para convertir esa zona en un lugar turístico.
Pese
a que la UNESCO proclamó las chinampas de Xochimilco como Patrimonio Cultural
de la Humanidad, en la actualidad estas empiezan a desaparecer debido a la
desecación de los lagos, situación que Amalia denunció como resultado de obras
que emprenden los gobiernos para luego vender el agua.
Contó
que fue su abuelo, zapatista, quien les dio el ejido donde, por generaciones,
cultivaron hortalizas y flores, pero que fue el ex presidente Carlos Salinas de
Gortari quien se las arrebató —lo anterior como resultado de una reforma que
terminó con el reparto agrícola y dio inicio a la regularización de la tierra
ejidal—, y a cambio sólo le dieron una parcela.
El
caso de Xochimilco, añadió, es semejante a lo que sucede a los pueblos
originarios e indígenas de Oaxaca, Chiapas y Veracruz, donde los gobiernos han
desalentado el cultivo de las tierras para fomentar el turismo. “Lo que quieren es matar a nuestra madre
tierra” y se alienta el consumo de productos “de desecho” procedentes de
Estados Unidos, que venden en los comercios trasnacionales,.
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