Los Políticos
FINANCIAMIENTO PAREJO
Por Salvador Muñoz
En las competencias serias, las que vale la pena ver, los atletas parten de la misma línea de salida: misma distancia, mismas condiciones y, en teoría, el mismo punto de partida. De ahí la magia: cualquiera puede sorprender, cualquiera puede ganar, cualquiera puede perder. Pero en México, cuando hablamos de elecciones, esa línea recta de tartán rojo pareciera estar torcida desde el arranque. Ni atletas equivalentes, ni condiciones parejas, ni salida sincronizada. Aquí hay candidatos que desde que los anuncian ya están destinados a perder, y no porque sean malos —que a veces sí— sino porque el sistema electoral arranca con un cronómetro adelantado a favor de unos y retrasado para otros.
La discusión actual sobre la Reforma Electoral y la reducción del 50 por ciento de las prerrogativas a los partidos es un buen ejemplo del efecto óptico que tanto le gusta al poder: se ve fuerte, se escucha bien, suena a castigo y austeridad, pero en el fondo no cambia nada sustancial. Recortar a la mitad solo hace más barata la carrera, pero no la vuelve justa. En términos deportivos, no igualas las condiciones quitando tenis o bebidas isotónicas; igualas cuando todos tienen acceso al mismo entrenamiento, la misma pista y las mismas reglas del juego. De otra forma, los favoritos seguirán siéndolo y los rezagados solo estarán más cansados.
Además, hay un elemento que no se dice en voz alta pero flota en el ambiente: al Pueblo le encanta la idea de quitarles dinero “a los mantenidos”. Tiene impacto mediático porque apela al hartazgo natural hacia los partidos. Es una medida que vende bien, que genera aplausos y que aparenta firmeza. Pero si uno se pone suspicaz —que en política nunca está de más— podría preguntarse si esta reducción también responde a otra lógica: ¿con tantos programas sociales, de dónde más puede el gobierno federal obtener recursos sin subir impuestos? Las prerrogativas, aunque no representan el mayor rubro del gasto, son un blanco fácil, popular y políticamente redituable. Y si el recorte no mejora la competencia electoral, al menos ayuda a tapar huecos presupuestales.
Pero tampoco hay que descartar otra lectura más estratégica: el poder desgasta. Tenerlo cansa, erosionar mayorías es normal, y en política todo gobierno sabe que llegará el momento en que las encuestas ya no serán tan generosas. Ante ese escenario, ¿por qué no preparar el terreno para 2030 debilitando financieramente a los partidos de oposición? Reducir prerrogativas afecta a todos, sí, pero duele más a quienes no tienen estructura territorial ni el beneficio de la exposición gubernamental diaria. Un Morena con menos prerrogativas sigue siendo fuerte; una oposición con menos prerrogativas se encoge. Y eso, aunque no se diga abiertamente, podría ser una manera de inclinar ligeramente la pista para que la carrera del 2030 no tenga sorpresas.
El detalle curioso es que este golpe financiero no sería selectivo. Se llevaría entre las patas también al PVEM y al PT, dos partidos que han vivido históricamente del voto prestado y del impulso de sus alianzas. Con menos dinero, su operación se vuelve más limitada, su capacidad de campaña se reduce y su función como socios estratégicos pierde fuerza. Paradójicamente, una medida que debilita a la oposición también podría adelgazar a los aliados del oficialismo. Aunque quizá, desde la lógica del poder, eso no sea un problema sino una depuración conveniente: partidos más pequeños, más dependientes y más dóciles.
De ahí que lo verdaderamente interesante sería replantear la fórmula completa: que todos los partidos reciban el mismo monto inicial, sin importar su votación pasada. Que la competencia empiece realmente desde la misma línea de arranque. Que el gasto público no premie triunfos previos, sino que dé oportunidad a que cada fuerza demuestre su capacidad de convencer. Ya si en la carrera se tropiezan solos es otro cantar. Pero hoy, el problema es que ni siquiera pueden correr.
Un financiamiento igualitario no eliminaría todas las ventajas —eso sería pedirle demasiado a la política mexicana— pero obligaría a Morena a competir sin el impulso automático que le da el tamaño de su maquinaria. Y también pondría a prueba si PVEM y PT pueden sobrevivir sin bañarse en el reflejo del astro mayor. La democracia no se mide por la cantidad de partidos que participan, sino por cuántos realmente pueden competir. Y si de entrada sabemos quién ganará y quién perderá, no estamos ante una elección: estamos ante una escenificación.
En una gran final deportiva nadie paga boleto para ver quién va a llegar en último lugar. Quieren sorpresa, adrenalina, oportunidad real. En nuestras elecciones, en cambio, hay candidatos que ni sus comités de campaña se toman en serio. La reforma debería buscar un país donde cualquiera pueda llegar primero si hace el trabajo, no uno donde unos corren en llano y otros en subida. Porque en democracia, como en la pista, lo que da legitimidad no es la cantidad de aplausos, sino que la carrera empiece igual para todos.
