Por Ángel Lara Platas
No existe un
dato preciso que nos indique cuándo y dónde nace la corrupción.
Lo que ahora
se ve, es que la corrupción ya adoptó todas las características de una
enfermedad endémica, tan perjudicial como el mismo cáncer; solo que más
extendida.
En México
sigue creciendo la percepción de la corrupción. En la sociedad prevalece la
idea de que no se hace mucho por combatirla. Recurrentemente se comenta que en
nuestro país no se castiga a los infractores de la ley. Resulta por demás obvio
que al confirmarse que no hay castigo para los infractores, los practicantes se
aplican de manera por demás acuciosa. Ahí está, por ejemplo, la Estela de Luz, llamada
por algunos desconsiderados como “la estela de pus”, que se presupuesto en 400
millones de pesos y terminó costando mil doscientos millones.
El mejor
traje de gala de la corrupción es la impunidad. Mientras no haya castigos
ejemplares será muy difícil la instauración de la transparencia y la rendición
de cuentas.
Lo malo es
que la corrupción está poniendo en crisis a la administración pública. Hay
quien trata de investigar si el mencionado mal está ubicado como una sub cultura
de los mexicanos, difícil de erradicar, o si tan solo con medidas más estrictas
y una agresiva campaña de concientización, se pudiera dar marcha atrás a estas
actitudes lacerantes para la sociedad.
Lo peor de
todo es que la corrupción convierte a los buenos en malos y a los malos los
conserva. Pero no hay regresión.
Algunos con
ironía dicen que la corrupción se parece a la muerte: el que se va ya no
regresa.
La
corrupción podría disminuirse aplicándole transparencia al ejercicio de los
recursos públicos, y haciendo pública la rendición de cuentas.
Aunque se
insiste (más en descargo de culpas que de otra cosa), que la corrupción es de
dos partes: el que da la mordida y el que la recibe, mientras el gobierno no
utilice procedimientos más prácticos y expeditos para el pago de las multas
–por ejemplo-, la participación de las dos partes será un tanto forzada.
El mejor
ejemplo de que la corrupción es uno de nuestros valores éticos, fue la repuesta
de un agente de tránsito en ese entonces ubicado en la Avenida Zaragoza de la
Ciudad de México, a la pregunta de un
moralino conductor que le reclamó por el descaro del agente al solicitarle la “mordida”
por la infracción cometida. El agente de Tránsito, despojado de todo rubor y
levantándose la gorra con la punta de los dedos de su mano extendida tocando
apenas su frente, como copiando el saludo militar, le contesta con voz sonora y
achilangada al infractor: “Jefe, lo que yo hago es pura simplificación
administrativa. Si usted paga en la ventanilla le va a salir más caro y va a
perder mucho tiempo, conmigo el trámite es más ágil”.
El genízaro
lo decía convencido de que hacía un servicio limpio y correcto a los
infractores.
Claro, los
mismos argumentos nada más que al revés, son utilizados por la parte
corruptora.
Otro de los
ejemplos que más fijan los criterios
antimorales, es la frase de un servidor público que les dice a sus
colaboradores: “Hay que llevarnos todo porque me dicen que los que vienen son
bien rateros”.
La
corrupción está encarnada en la propia sociedad. Por la corrupción existen
jueces que venden su decisión, y licitaciones que las gana el peor postor.
Al problema
de la corrupción agregamos otro problema que es bastante característico de los
mexicanos: la mentira.
Vivimos en
medio de la mentira, convivimos con ella, la tenemos como un modus vivendi. Más
que un estilo de vida es ya una cultura. No más falta que algún legislador
obsequioso proponga que se eleve a rango constitucional.
La mentira y
la corrupción están golpeando muy fuerte a nuestro país.
Para desahogo
de nuestra conciencia ciudadana, justificamos que la corrupción existe en casi
todos los países del mundo. Hasta en el Vaticano hay corrupción. Sin embargo,
de acuerdo a las mediciones de transparencia internacional, los países más
desarrollados son los menos corruptos.
Hay que
aclarar que la corrupción no es privativa de la cosa pública. En las empresas
privadas también existe la corrupción. Ahí está el caso de Wall Mart y sus
altísimos sobornos para obtener los permisos de autoridades municipales o
estatales, a fin de instalar sus tiendas en lugares con uso de suelo diferente
al conseguido.
También es
una forma de corrupción cuando no se tiene el perfil para un puesto y, a pesar
de ello, cobrar las quincenas.
Por la idea
de la corrupción, el ciudadano común se niega a pagar impuestos.
Por la
corrupción, el gobierno muestra efectividad en tan solo un 33%.
Pero por
otro lado, sale muy caro vigilar la administración pública.
Los
integrantes de la Cámara de Diputados son los encargados de vigilar las cuentas
públicas. Sin embargo, ellos no son los que predican con el ejemplo, tienden a
manejarse con opacidad.
Luego
entonces, la frase que mejor encajaría aquí sería la que
utilizó Jesús para impedir que los fariseos apedrearan a una mujer adúltera:
“El que esté libre de pecado que arroje la
primera piedra” (Evangelio de Juan capítulo 8).
Mi personal reconocimiento al Doctor René Mariani Ochoa,
coordinador del Foro de Transparencia y Combate a la Corrupción.