TIERRA DE BABEL
A mi entrañable amigo Don Pepe,
para muchos inadvertido, olvidado,
ahí en la Hemeroteca del Congreso de Veracruz.
Que en paz descanse.
Hace unos días, la
consultoría Salles Sainz Grant Thornton informó que México ocupa la sexta
posición de los países menos burocráticos en el mundo, con lo que se sitúa en
el nivel de Irlanda y Dinamarca. Bien, pero la percepción de los mexicanos que
padecemos en carne propia la burocracia, es que aún ésta sigue siendo un animal
enorme y de mil cabezas.
Quizás hayan disminuido tantito los
engorrosos trámites, pero, ¿qué tal su costo? Dicen que la administración de
Felipe Calderón tuvo una de las burocracias más caras del mundo. Quién sabe cómo
ande ahora la burrocracia con Peña
Nieto, pero no creo que haya cambiado mucho.
En fin, que como dijo Jorge
Ibargüengoitia: “Para mi gusto, las vidas de los burócratas no han sido
suficientemente exploradas más que por ellos mismos”. Y tiene razón.
Por eso, disfrutemos tantito de lo que escribió Ibargüengoitia, en su
artículo “Vida de burócratas. Héroes del montón”.
Dice así: “En la oficina de Hacienda de una ciudad de provincia había
dos personajes centrales. Los dos se llamaban igual: Francisco Canaleja, pero
no eran parientes. Para distinguirlos se les llamaba don Pancho y Panchito,
respectivamente.
“Don Pancho era el jefe de la oficina. Era gordo, diabético, miope y
con tres papadas. Panchito, en cambio, era un empleado común y corriente. Era
como un ratón listísimo: chaparrito, pelo engomado, bigotitos, un color
cadavérico, muy nervioso y muy eficiente. Tenía en las puntas de los dedos y de
la lengua, todos los intríngulis y recovecos del procedimiento hacendario.
Sabía cuántas fotografías se necesitaban para sacar un permiso para vender jícamas;
cuántos testigos tenían que comparecer en el caso de que el aspirante a una
licencia de empujar carretones no supiera escribir; cuánto era el noventa y
seis por ciento de treinta y dos y cuánto el doce al millar de sesenta.
“Estas cualidades de Panchito Canaleja lo convirtieron en el cerebro de
la oficina, y a su escritorio, en el centro de reunión más importante.
“Cuando algún contribuyente serio entraba en la oficina a hablar con
don Pancho, la entrevista terminaba irremediablemente con éste diciendo:
—Pregúntele a Panchito.
“Los demás empleados, que eran una docena de egresados de la Escuela de
Comercio y Administración "Doña Josefa Ortiz de Domínguez", tenían
que consultar con Panchito cuando menos seis veces diarias cada uno.
“Panchito, por su parte, no se conformaba con el sueldo que recibía en
la oficina y hacía trabajos por su cuenta. Él era el único, en todo el
municipio, capaz de llenar unas formas que se llamaban "Declaración de
Reducción de Ingresos", que tenían que rendir todas las personas que
vendieran parte de sus propiedades.
“Pues bien. Aquí viene la moraleja de esta historia. Panchito Canaleja
era tan eficiente y tan capaz que tuvo catorce oportunidades para ascender a
puestos más exaltados. Catorce veces don Pancho Canaleja se opuso, porque
Panchito era indispensable en la oficina. Panchito aceptó esto de buen grado,
porque su ambición consistía en llegar a ser rey en donde había sido durante
tantos años eminencia gris. Es decir, en ocupar el puesto de don Pancho.
“No se le concedió, porque cuando don Pancho se jubiló, fue sustituido
por un compadre del gobernador. En la actualidad, Panchito, ya un viejo, sigue
siendo el cerebro de la oficina, porque el nuevo jefe resultó igual de
incompetente que el anterior. Pero si el rango de Panchito no ha disminuido,
sus ingresos, en cambio, sí, porque con el nuevo gobernador llegó un experto
que sustituyó la Declaración de Reducción de Ingresos por una nueva fórmula
llamada Relación de Responsabilidades Constantes, que es algo que ni Panchito
sabe llenar.
“En contraste con la historia de Panchito Canaleja está la del
licenciado Rejudo, que entró hace doce años en una secretaría, recomendado
desde muy alto y cobijado por muchas sombras.
“Este hombre es tan bruto y tan estorboso, que nadie lo quiere de
subordinado. Pero como nadie se atreve a correrlo por las bendiciones que trae,
se ha resuelto el problema ascendiéndolo, y nombrándolo jefe de nuevos
departamentos, que no tienen más función que la de recibirlo en su seno y tenerlo
ocupado. La última vez que lo vi ya estaba llegando a ministro.
“Su esposa, al comentar su carrera, dice:
—Ha subido como la espuma”.
Por lo pronto, ahí se ven.
Hasta la próxima