Los Políticos
Hueso de Navidad
Salvador Muñoz
Soy de una generación que no conoció a Santa Claus.
Soy de esa generación donde el 24 de diciembre se festejaba
el nacimiento de un niño y no el arribo de un sujeto vestido de rojo que se
metía por las chimeneas… ¡ni chimenea tenía!
Soy de una generación que no entendía que los “petardos”
causaban pavor a Nancy y Yuri, las perras que se refugiaban en un cuarto o
debajo de las camas ante nuestra indiferencia…
Soy de una generación que esperaba ansiosa el arribo de
primos de México para festejar estos días…
Soy de una generación que supo que no hubo mejor regalo que
pasar un buen momento en familia… ¡no dábamos regalos!
Soy una generación que sólo recuerda porque realmente ya no
aguanta tanta fiesta y prefiere “hacer meme” con Harry, el fiel terrier, antes
de que den las 12 de la noche.
Hoy, al pie del árbol de navidad, sin un nacimiento tras los
trágicos sucesos en la familia, yacen los regalos.
¿No les he contado esa desgracia que se cernió sobre San
José, María y el Niño Jesús?
Realmente no recuerdo hace cuánto, pero fue hace mucho.
Recién casados, nuestra primera navidad en casa, con Harry
como “perrhijo”, Brenda compró un nacimiento. Blanco, bello, cual si un
Michelangelo Buonarroti hubiera visto en la familia Muñoz Caballero a su
mecenas y nos dedicara con esas figuras los favores recibidos… ¡perfectas! es
la palabra.
Pusimos las piezas al pie del pino adornado con esferas,
moños y otros aditamentos que las manos de Brenda hábilmente creó...
sincretismo extraño como todo buen sincretismo debe ser. Atrás quedaron los
clásicos paisajes que la Güera, mi prima, hacía de los nacimientos: Cascadas de
papel aluminio, lagunas de espejos, parajes de musgo que recolectábamos en el
terreno, cantidad de borregos y pastores, así como patos, cisnes, gansos;
muchas mulas y burritos por aquí; muchos bueyes y heno por allá… nieve seca
pegada a ramas con pegamento blanco simulaban nieve; ¡ah! y no podía faltar la
estrella que guiaba a tres reyes magos que eran colocados hasta el inicio de
esa escenografía los cuales iban avanzando conforme se acercaba el seis de
enero… pero todo eso cambió a los pies de un pino con un discreto pero bello
nacimiento que puso Brenda hace muchos años.
No recuerdo si nos percatamos de la tragedia de San José,
María y el Niño Jesús… creo que lo descubrimos al final, cuando levantamos el
nacimiento… San José había sido mutilado.
¿Quién pudo cometer tremendo crimen? ¿Carlos? ¿Cecy? ¿Algún
sobrino? ¿La misma Brenda o yo?
El año pasó pronto y otro pino fue recibido en casa. Los
mismos preparativos y ese nacimiento con un José mutilado fue puesto en la escena.
Se hizo la fiesta con las viandas propias de la celebración,
tanto, que hasta el mismo Harry comió de ellas y entonces, ¡lo descubrimos! El
buen hueso recibido lo llevó a ocultar al nacimiento. Con sus patas pretendió
ocultar el hueso llevándose en su éxtasis a nuestros José, María y Jesús que,
afortunadamente, no sufrieron más daños… al año siguiente ya no hubo
nacimiento, pero tampoco viandas suculentas para Harry, pues trataba de
ocultarlas en los sitios más raros que pudiera imaginar: bajo la almohada, en
los sillones, entre una ropa mal puesta en el suelo…
A veces pienso que Harry acabará siendo político… no tanto
porque viva de Brenda y de mí, sin que realmente haga algo productivo en la
casa; no tanto porque se la pase comiendo, bebiendo, meando y cagando; no tanto
porque como algunos políticos, nomás alce la pata… bueno, algunos alzan la
mano… sino porque cada Navidad se me acerca y espera que vuelva a darle un gran
hueso, aunque estoy seguro que no tiene afán alguno, como nuestros políticos, por
chingar a cuanto peregrino se le cruce en su camino...