martes, 27 de enero de 2026

 


Los Políticos

BAJAN, NAHLE!

Por Salvador Muñoz

Si la Gobernadora fuera chofer de servicio urbano, es casi seguro que me habría bajado tres o cinco cuadras después de donde le pedí la parada… creo que así es la manera más práctica con la que se puede reflejar la triste realidad con la que se encontraron alumnos, padres de familia, empleados, al menos en Xalapa y Banderilla, a la hora de subir al camión: hubo aumento al costo del boleto sin timbre, sin aviso, sin “bajan chofer”, sin decir “agua va!”

Bueno, siendo estrictos, eso de que fue “sin decir agua va” es una muletilla, porque en redes sociales el rumor llevaba horas calentando motores desde el fin de semana. Lo que no hubo fue lo elemental: una voz oficial que desmintiera o confirmara. Nadie dio la cara. Nadie asumió el mensaje. Nadie explicó nada. Y mientras el gobierno guardaba silencio, el golpe sí habló con claridad en el bolsillo, en el monedero, en la cartera. Pasar de 9 a 12 pesos no es un redondeo; es un madrazo del 30 por ciento para quien usa el camión una, dos, tres y hasta cuatro veces al día.

Uno puede entender –y hasta coincidir– con los concesionarios cuando se quejan de que llevan años sin ajuste, que el diésel sube, que las refacciones cuestan más, que el mantenimiento ya no se sostiene con tarifas viejas. Eso es lógico. Lo que no es lógico es que el xalapeño pague más por un servicio que sigue ofreciendo lo mismo: unidades que parecen chimeneas rodantes, interiores que compiten con bodegas abandonadas, carreras entre choferes que se disputan el pasaje como si fuera premio de rally, y esos birlos con picos amenazantes que pasan rozando puertas y espejos mientras el conductor, muy amable él, te cierra el paso para meterse al carril.

Seamos honestos: el transporte urbano en Xalapa es la contraparte perfecta del turismo en la ciudad. Mientras se presume cultura, café y neblina romántica, el visitante puede encontrarse con la experiencia extrema de subirse a una unidad donde cada frenón es un acto de fe y cada curva, una negociación con la física. Aquí no se viaja en Ulúa ni los choferes son precisamente conductores de Routemaster londinense. Aquí se sube uno en lo que hay. Y lo que hay cuesta ahora 30 por ciento más.

Pero todo eso pasa a segundo plano frente a lo verdaderamente delicado: el silencio. Ese silencio oficial que no informa, no anticipa, no explica. Ese silencio que deja que el rumor haga el trabajo del gobierno. Ese silencio que convierte una decisión administrativa en una molestia social innecesaria. ¿Por qué esperar a que la gente se entere arriba del camión? ¿Por qué no decirlo con tiempo? ¿Por qué no asumir el costo político de una decisión que, nos guste o no, ya estaba tomada?

Porque aquí no solo se trata de 12 pesos. Se trata del padre o madre que viaja con dos hijos y paga tres pasajes por trayecto. Se trata del trabajador que usa dos rutas para llegar a su empleo y otras dos para volver a casa. Se trata de multiplicar ese aumento por cinco días a la semana, por cuatro semanas al mes. ¡Y eso mínimo! Se trata de pagar más por un servicio que sigue siendo mediocre. Y, encima, enterarte por sorpresa, como si el usuario no mereciera siquiera la cortesía del aviso.

Ojalá para la próxima, la empleada de los veracruzanos tenga el valor de explicar de frente los acuerdos que, por ahora, parecen haberse cocinado en lo oscurito. Porque cuando el gobierno omite al pueblo, a sus gobernados, a los ciudadanos, el mensaje que manda es más claro que una confirmación a destiempo: le vale un comino… total! No agarran “urbano”!