Los Políticos
LICENCIA A LA IMBECILIDAD
Por Salvador Muñoz
Hay conductores de automóvil que tienen una teoría respecto a los motociclistas: para subirse a una moto, el primer requisito es ser imbécil.
La afirmación es injusta, generaliza y seguramente provocará el enojo de más de uno…
Pero también hay motociclistas que todos los días salen a la calle con el firme propósito de aportar pruebas a favor de la teoría.
Uno maneja un carro y aprende a cuidarse de los dos lados. Por la derecha aparece una moto. Por la izquierda, otra. Voltea usted al retrovisor, pone la direccional, calcula la distancia y cuando empieza a cambiar de carril, surge un motociclista de un sitio donde, de acuerdo con las leyes de la física, no había absolutamente nadie.
Es como la humedad en Xalapa: no sabes de dónde salió, pero ya la tienes encima.
Por supuesto, quien conduce un automóvil debe entender la responsabilidad que lleva entre las manos. No es un juguete. Es prácticamente una tonelada de fierro combinada con velocidad, capaz de matar a un peatón, a un ciclista o a un motociclista.
Ante un carro, todos ellos están en indefensión.
El problema es que, a veces, los indefensos abusan. Y mucho.
Hace apenas unos años, las motocicletas dejaron de ser aquel vehículo del cobrador, del policía o del chavorruco que los domingos salía en manada con chamarra de cuero a creerse parte de los Ángeles del Infierno. Hoy son parte de la movilidad cotidiana.
De acuerdo con el cuadro resumen de Vehículos de Motor Registrados en Circulación de INEGI, Veracruz tenía 515 mil 288 motocicletas registradas al cierre de 2024.
En 2019 se hablaba de unas 219 mil. En cinco años, prácticamente se duplicaron y algo más. El crecimiento incluso fue advertido en el Congreso local, donde se señaló que las motocicletas estaban relacionadas con 44.7 por ciento de las muertes viales.
Es decir, el problema ya no cabe entre dos carros en Lázaro Cárdenas. Aunque el motociclista sí.
Por eso resulta interesante que en Veracruz y Boca del Río vuelva a plantearse la posibilidad de aplicar un examen práctico antes de entregar una licencia de conducir, particularmente a quienes pretenden manejar motocicletas. Autoridades de Tránsito y especialistas en movilidad pusieron otra vez el tema sobre la mesa y hasta se habló de analizar la edad mínima para conducirlas.
¡Examen práctico! Qué idea tan revolucionaria. Imagínese usted el extremo: comprobar que una persona sabe manejar antes de darle un documento oficial que dice que puede manejar. Al paso que vamos, cualquier día exigirán título para ejercer como médico.
(Sarcasmo puro)
Hoy, en muchos casos, la licencia termina siendo más una constancia de que alguien llevó sus papeles, pagó sus derechos y logró salir bien en la fotografía.
De ahí a saber conducir hay una distancia considerable. Y esto aplica para motos y carros.
Porque tampoco nos hagamos güeyes los automovilistas.
También está el que manda mensajes mientras conduce; la señora que se maquilla en el semáforo; el señor que cree que poner la direccional revela información estratégica al enemigo; el taxista que se detiene donde se le antoja; el conductor que ve una luz amarilla y entiende: “¡Písale, cabrón, que todavía pasamos!”
La estupidez vial es democrática.
No distingue vehículo, sexo, edad ni partido político, pero en una motocicleta, la estupidez tiene menos margen de error. El motociclista lleva su propia carrocería puesta. Es el cuerpo.
Una caída por exceso de velocidad, una llanta en mal estado, un casco de ésos que parecen adquiridos con los puntos del cereal, una maniobra entre vehículos o pasarse un semáforo pueden convertir un viaje de diez minutos en tragedia. Y sin embargo, los vemos. Van dos adultos y un niño. A veces dos niños. El padre lleva casco. Los demás llevan la bendición de la abuela.
Otros conducen con una mano mientras en la otra sostienen el celular. Hay quienes rebasan por la derecha, por la izquierda y, si el drenaje estuviera más amplio, seguramente también por abajo.
Después ocurre el accidente y la primera sentencia social suele estar dictada antes de que llegue Tránsito: “El carro aventó a la moto”. Puede ser. Pero también vale preguntar cómo venía la moto. A qué velocidad. Por qué carril. Si respetó el semáforo. Si tenía luces. Si las llantas estaban en condiciones. Si quien la conducía sabía manejar o simplemente había aprendido tres días antes dando vueltas en la colonia.
Porque proteger al más vulnerable no significa otorgarle licencia para ser irresponsable.
Un ciclista no puede pasarse un alto sólo porque el carro pesa más.
Un peatón no puede cruzar Lázaro Cárdenas a la buena de Dios esperando que una camioneta cargada frene por obra del Espíritu Santo.
Y un motociclista tampoco puede convertir cada espacio entre vehículos en un carril imaginario exclusivo para él.
Por eso el examen práctico no parece una mala idea. Al contrario.
Que demuestre que sabe arrancar, frenar, mantener equilibrio, circular, usar espejos, respetar señales y reaccionar ante una situación de riesgo. Y de paso, que nos hagan examen a los automovilistas. A todos. Habrá quien diga que esto complica los trámites. Es posible. Pero una licencia de conducir no debería ser un premio por saber formarse en una fila. Debería acreditar que una persona tiene condiciones mínimas para llevar una máquina capaz de lesionarlo o matar a alguien. Sea una tonelada sobre cuatro ruedas… o cien kilos sobre dos. Porque el verdadero problema no son las motos. Tampoco los carros. El problema es el imbécil. Y ése, desafortunadamente, viene en todos los modelos con licencia para conducir.






















