jueves, 27 de agosto de 2026

 


Los Políticos

NO ES COSA DE PERROS


Por Salvador Muñoz


En Xalapa, en un domicilio de la colonia Santa Rosa, fueron rescatados perros y un gato que se encontraban en condiciones de maltrato. Alrededor del caso surgieron versiones todavía más graves: acusaciones contra una persona y relatos que, de comprobarse, obligarían a preguntarnos no sólo de qué tamaño puede ser la crueldad humana, sino en qué momento dejamos que creciera frente a nosotros.


El Ayuntamiento hizo lo que correspondía: intervenir, resguardar y poner a salvo a los animales. Ahora las instancias ministeriales tienen su propia tarea. Investigar, deslindar responsabilidades y, si existen elementos suficientes, castigar.


Pero sería demasiado cómodo cerrar ahí la historia porque Santa Rosa es una dirección… el problema no.


El maltrato animal dejó hace mucho de ser únicamente aquel perro olvidado en una azotea, amarrado con un metro de cadena y condenado a ver pasar la vida entre una cubeta de agua verde y las inclemencias del tiempo. Tampoco es solamente el clásico “le pegué para que aprenda”, como si a golpes se impartieran clases de obediencia… Hay algo más oscuro.


Circulan videos de jóvenes lastimando animales por diversión. Hay actos de sadismo grabados con celulares, porque para algunos ya ni siquiera basta hacer daño: también hay que documentarlo, presumirlo o compartirlo. El dolor convertido en contenido.


A mí me ha tocado escuchar a un joven desear que murieran todos los gatos callejeros. En la colonia donde vivo sabemos que alguien envenena gatos. ¿Quién? Las sospechas brincan de casa en casa, porque el veneno no deja tarjeta de presentación.


Y entonces uno empieza a entender que el problema quizás no esté únicamente en Santa Rosa. Quizás esté mucho más cerca.


Está en la casa donde el niño aprende que patear al perro provoca risas. En el adolescente al que nadie corrige cuando lanza piedras contra un gato. En el adulto que considera normal abandonar una camada en una caja porque “alguien se los llevará”. Y también está en quienes vemos algunas de estas cosas y preferimos convencernos de que no nos corresponde intervenir. ¡Ah! pero para indignarnos en Facebook somos una potencia mundial. Para tocar la puerta del vecino y preguntar por qué lleva tres días el perro sin agua, todavía estamos en vías de desarrollo.


Por supuesto que los gobiernos tienen responsabilidad. También las fiscalías. Y precisamente por eso resulta importante reconocer a quienes desde asociaciones, colectivos o simplemente desde su propia voluntad, rescatan perros y gatos en condiciones que muchas veces cuesta hasta describir. Sólo como ejemplo: recibir insultos y hasta agresiones de los maltratadores.


Estas asociaciones, colectivos o individuos no tendrían que ser vistos como enemigos de la autoridad. Ni la autoridad como enemiga de ellos.


Son –o deberían ser– partes de un mismo engranaje.


Porque los recursos públicos nunca serán suficientes para recoger cada perro abandonado, atender cada gato herido, esterilizar cada animal callejero o responder inmediatamente a todas las denuncias.


Xalapa tiene, al menos, una ventaja: hay sensibilidad hacia el bienestar animal desde la autoridad municipal. Me consta que hay amor por perros, gatos y hasta por esos pobres tlacuaches que cargan con siglos de mala publicidad sin haber pedido jamás aparecer en la película.


Pero incluso teniendo autoridades sensibles, colectivos comprometidos y ciudadanos dispuestos a rescatar, seguimos llegando tarde. Todos actuamos después. Después de que golpearon al perro. Después de que envenenaron al gato. Después de que abandonaron una camada. Después de que alguien convirtió a un animal en objeto de diversión, castigo o crueldad. Y allí está el verdadero problema. Nos falta actuar antes.


Preguntarnos qué está ocurriendo para que un niño pueda lastimar a un animal sin sentir empatía; por qué un adolescente puede disfrutar el sufrimiento de otro ser vivo; qué estamos enseñando en nuestras casas, escuelas y calles para que la vida de otra especie termine reducida a algo desechable.


Quizás deberíamos dejar de pensar que éste es solamente un asunto de perros y gatos.


No. Es un asunto de humanos.


Insisto: el problema no comienza el día en que alguien mata a un gato o tortura a un perro.


Comenzó mucho antes, cuando aprendió que hacer sufrir a un ser vivo no importaba.


Y algo estamos haciendo muy mal si cada vez necesitamos más rescatistas para reparar lo que como sociedad no fuimos capaces de evitar.