domingo, 25 de octubre de 2026

 


Un niño llamado Daniel 

Por Ruan Angel Badillo Lagos  

¡Hermosa la pluma del mensajero que trae buenas nuevas! 

Prepárense para escuchar una historia llena de peligro, reyes y rugidos que hacen temblar. ¿Alguna vez han tenido mucho, mucho miedo? Hoy conocerán a alguien que enfrentó a monstruos con una superfuerza que todos podemos tener, ¡la oración! 

Hace cincuenta mil años, en el imperio de Babilonia, cerca de Xalapa, en una comunidad llamada Nueva Jerusalén, vivía Daniel, un niño inteligente que trabajaba para el rey Darío. Daniel era el mejor en su trabajo, pues hacía lo correcto y obedecía a sus padres. Pero en el palacio había niños malvados y envidiosos quienes querían deshacerse de él. Como sabían cuánto amaba Daniel a Dios idearon una trampa. 

Engañaron al rey para que firmara esta ley terrible: 

Cualquiera que le rece o le pida ayuda a Dios en los próximos treinta días ¡será lanzado vivo a la fosa de los leones hambrientos! 

Daniel sabía el peligro que corría, pero no le importó. Corrió a casa, abrió las ventanas de par en par, se arrodilló, juntó sus manitas y habló con Dios con fe. Un niño escondido detrás de un arbusto lo vio por la ventana y corrió a contárselo al rey. Este, con el corazón roto, no tuvo más remedio que cumplir la ley. 

Los guardias llevaron a Daniel hasta un pozo oscuro y frío. Al fondo se escuchaban ruidos espeluznantes: “¡Grrr! ¡Roar!”. Eran los leones más feroces y llevaban días sin comer. Los soldados empujaron a Daniel al vacío y sellaron la salida con una roca gigante. ¡Estaba atrapado en la oscuridad con las bestias! 

Los leones saltaron de inmediato, enseñando sus colmillos afilados como cuchillos, listos para atacar. El peligro era real y el miedo congelaba el aire. Pero justo cuando un león rugió frente a Daniel, una luz iluminó la fosa. ¡Dios había enviado a su ángel de la guarda! El ángel extendió sus alas y, con fuerza celestial y un susurro, les cerró la boca a los leones. Las fieras no pudieron abrir sus mandíbulas. Al notar el poder del ángel se volvieron tan mansos como gatitos y, en lugar de rugir, comenzaron a maullar. Se acurrucaron junto a Daniel y lo protegieron del frío toda la noche. 

A la mañana siguiente, el rey abrió la fosa esperando lo peor y se llevó la sorpresa de su vida. ¡Daniel estaba sano, salvo y sonriendo! No tenía rasguños. Dios lo había rescatado de las garras de la muerte. 

Por eso, amiguitos, cuando sientan miedo en una noche oscura, tengan problemas en la comunidad o piensen que están solos, recuerden la aventura. Debemos hablar y confiar siempre en Dios. Él nunca nos deja solos. Como Daniel, tenemos el superpoder de la oración. Nunca olviden rezarle a su ángel de la guarda, ese protector celestial que Dios les dio para cuidarlos, cerrar la boca de cualquier leoncillo que los asuste y llenarlos de valentía cada día. 


Mi oración de valentía 


Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, 


cuídame de noche y cuídame de día. 


Si siento miedo o el peligro es feroz 


ayúdame a confiar y a escuchar tu voz. 


Cierra la boca de los leones del temor 


y llena mi corazoncito de fuerza y amor. Amén.