domingo, 29 de marzo de 2026

 


MARZO, MES INTERNACIONAL DEL TEATRO. (II)  

“Aristóteles: Poética.”

Por Mtro. José Miguel Naranjo Ramírez.

     En el tratado: “Poética”, Aristóteles centra su estudio en la tragedia, género literario surgido en Grecia y que inmediatamente se convirtió en uno de los estilos literarios más aclamados, escrito y representado. A la par surgió la comedia, otro género clásico el cual alcanzó su plenitud con Aristófanes. Como se señaló en el artículo anterior , en el segundo tratado sobre la “Poética” el filósofo estagirita abordó el tema de la comedia, más éste se perdió y sólo nos llegó la parte de la tragedia. Continuando con el erudito estudio sobre el surgimiento y desarrollo del teatro griego, queda muy claro que para Aristóteles la tragedia representa un arte elevado, sus fábulas nos muestran a hombres esforzados, dignos de imitar. De hecho, todo lo que hace un gran artista es imitar la naturaleza, la grandeza, esa imitación alcanza plenitud en la forma de contarla, narrarla y recrearla. 

Aristóteles ahonda en la manera de narrar. En el apartado 22 titulado: “La excelencia de la elocución”, reflexiona y diserta sobre cómo el artista debe emplear el lenguaje. Por una parte sostiene que, si la fábula busca ser clara, digerible, muy comprensible, se puede correr el riesgo de caer en la vulgaridad del lenguaje. Por otra parte afirma que, si el poeta emplea palabras muy exquisitas, rebuscadas, seguramente será poco comprendido y se notarán barbarismos, este término lo utiliza como sinónimo de extranjerismos. Piense el lector cuando acude a una conferencia o lee algún libro donde se emplean muchos términos especializados que hacen la lectura cansada, tediosa, y no en pocos casos chocosa. Muy probablemente renunciará a la lectura o nunca más asistiría a una conferencia del lingüista exquisito. Luego entonces, Aristóteles fiel a su justo medio recomienda emplear un lenguaje claro, más no vulgar y ordinario, un lenguaje que narre y cuente sin enredos, pero al mismo tiempo tenga sonido, ritmo, variedad, riqueza, profundidad. Una bella narración puede provocarnos intensas emociones. Una narración rebuscada a veces sólo causa risas: 

“Así, pues, el uso en cierto modo ostentoso de este modo de expresarse es ridículo, y la mesura es necesaria en todas las partes de la elocución; en efecto, quien use metáforas, palabras extrañas y demás figuras sin venir a cuento, conseguirá lo mismo que si buscase adrede un efecto ridículo.”

Otra cuestión que analiza Aristóteles tiene que ver con la amplitud de la obra de arte. Desde luego que una obra de arte no se califica por su extensión, sabemos que es tan bella la voluminosa novela: “Guerra y Paz” de Tolstoi, como la breve historia de “Aura” de Carlos Fuentes. Además, son propuestas diferentes, temas diferentes, contextos diferentes, e incluso, hasta géneros diferentes: novela y relato. Empero, el ejemplo puede servirnos para meditar lo siguiente: cuando se está intentando crear una obra de arte, en este caso una tragedia, lo que menos debe detener al creador es la limitación del volumen, sin embargo, en la propia creación existen reglas no para limitar, más si para ayudar a crear un arte estructurado, mesurado, bello, profundo. Verbigracia, una tragedia no debe ser tan larga, sin olvidar que las obras de teatro se escriben para ser representadas. Por supuesto que, al convertirse en piezas aclamadas por su contenido y valor artístico, no en pocos casos pasan a ser obras más leídas que actuadas, ejemplos abundan: “Hamlet” de Shakespeare, “La vida es sueño” de Pedro Calderón de la Barca, el propio “Fausto” de Goethe. Aun así, para Aristóteles la extensión de las tragedias no debe ser tan grandes, no es su naturaleza, para eso están por ejemplo las epopeyas. Puntualizando que en las propias epopeyas, por largas que sean sus historias, el creador tiene que delimitar su contenido y en eso Homero es inigualable, literalmente escribe Aristóteles: 

“Por eso, como ya hemos dicho, también en esto puede considerarse divino a Homero comparado con los otros, porque tampoco intentó en su poema la guerra entera, aunque ésta tenía principio y fin; pues la fábula habría sido demasiado grande y no fácilmente visible en conjunto, o bien, guardando mesura en la extensión, la habría complicado por la variedad excesiva. Tomó, pues, sólo una parte, y usó muchas otras como episodios, por ejemplos el Catálogo de las Naves y otros episodios que intercala en su poema.” 

Estas recomendaciones que nos regala Aristóteles son fundamentales en el proceso de creación. Se trata de seleccionar tranquilamente los hechos, los sucesos, las historias, los personajes, limpiar de prejuicios o deseos personales la selección de lo que se va a narrar o cómo se narrará. Tratar lo más que se pueda de no forzar nada, lo que implica respetar la naturalidad de los personajes o los sucesos. Algo muy importante, el filósofo nos enseña que definir qué tipo de arte se pretende crear resulta vital, porque no tan sólo esta definición te indicará el volumen de la creación, el tipo de lenguaje, las técnicas narrativas, si es en verso o en prosa, asimismo, la elección del género determinará cómo lo recibe el público. Aristóteles nos regala un ejemplo brillante. Señala que la Ilíada  es maravillosa por muchas cuestiones, a pensar de ello, la epopeya homérica se escribió para ser leída y no representada, cierto es que de la Ilíada se pueden escribir y de hecho se escribieron un sinfín de tragedias, sin embargo, las tragedias que de ella se derivan van en otro sentido, son creaciones propias, lo contrario sucedería si se intentara representar algunas escenas directa de la Ilíada, éstas podrían parecer ridículas en el arte escénico, mientras que en la lectura son narraciones perfectas, literalmente apunta Aristóteles: 

“Es preciso, ciertamente, incorporar a las tragedias lo maravilloso; pero lo irracional, que es la causa más importante de lo maravilloso, tiene más cabida en la epopeya, porque no se ve al que actúa; en efecto, lo relativo a la persecución de Héctor, puesto en escena, parecería ridículo, al estar unos quietos y no perseguirlo, y contenerlos el otro con señales de cabeza; pero en la epopeya no se nota.” En las notas al pie de página muy ilustrativas que escribe Valentín García Yebra, traductor de la “Poética” en la edición de la Editorial Gredos, edición que se utiliza en el presente trabajo, esta afirmación de Aristóteles la explica así: 

“Efectivamente, en la persecución de Aquiles a Héctor hay varias circunstancias irracionales: 1) Héctor, en contra de las suplicas de Príamo y Hécuba para que se refugie en la ciudad, espera a su enemigo ante las puertas Esceas; pero, nada más verlo, echa a correr; 2) Aquiles el de pies ligeros, no puede alcanzar a Héctor, que logra dar vueltas a la ciudad sin ser atrapado; 3) a pesar de ello, cada vez que Héctor intenta acercarse a las puertas de la ciudad, Aquiles se le adelanta y corta el paso; 4) mientras persigue a Héctor, Aquiles hace señas con la cabeza a sus tropas no fuese que alguien alcanzase la gloria de herirlo y él llegase en segundo término. Si la persecución se pusiera en escena, el detalle de Aquiles corriendo con toda su alma y haciendo al mismo tiempo señales con la cabeza provocaría la risa en los espectadores.” 

Finamente, Aristóteles manifiesta que el fin de las tragedias consiste en suscitar en el lector temor y compasión, es decir, que toda persona que lea o vea representada una pieza trágica, en su alma se logre un cambio y una firme convicción de evitar esos errores, actitudes, traiciones, bajezas, deslealtades…, mismos que condujeron a los personajes representados a vivir calamidades indeseables. Desde el mundo clásico griego queda muy claro que la literatura es un medio civilizador, liberador, educador y, sobre todo, humanizador. He ahí la grandeza del teatro ya sea en su versión trágica o cómica. He ahí la vigencia de un género que con el paso de los siglos sigue siendo uno de los géneros literarios más cautivantes y atrapantes. Sigamos viviendo y haciendo teatro.